Bienvenidos, y gracias.

Era una mañana nublada. El sol decidió desaparecer y dejar que nuestras sonrisas iluminasen el día. La lluvia nos hizo una visita para camuflar las lágrimas, lágrimas de felicidad, ya que tristeza se tomó el día libre para que alegría inundara nuestros corazones.

El reloj sonaba, pero parecía que el tiempo llegaba a pasar. Es la ironía más grande de la vida, sabes? Siempre queremos detener el tiempo quedarnos en el momento, pero el tiempo es impaciente, siempre con prisa, siempre avanzando sin pausa. Pero es cuando más queremos que acelere, cuando le rogamos una pequeña carrera, un esfuerzo final, que parece que el tiempo decide retroceder.

Pero cómo se lo vamos a echar en cara, si todos le pedimos cambiar.

En fin, que me lío. Por donde iba?

Ah si, las sonrisas. Creo que lo único que ilumina más que el sol es la sonrisa sincera de una madre que recupera a su hijo después de casi nueve meses sonriendo a una pantalla. La sonrisa de una mujer esperando volver a estar perdida entre los brazos de su marido, después de meses abrazando su almohada. La sonrisa de una niña que, después de casi nueve meses, sabe que su madre va a volver a leerle cada noche antes de dormir.

La sonrisa de un marinero que vuelve a ver las gaviotas volar.

Gracias por cuidarnos desde la distancia. Y bienvenidos a casa una vez más.

Quizá un día me atreva a contaros mi historia. Os contaré, en primera persona, lo que es decirle a tu padre adios sin saber con certeza cuando le vas a volver a abrazar. Un día os contaré lo que es no poder hablar por teléfono con él durante semanas, y tampoco cuando llamaba porque mis lágrimas me lo impedían. Os contaré lo que es oler su frasco de colonia y llorar durante horas, porque no me acordaba la última vez que la olí estando arropada entre sus brazos. Quizá también os contaré lo que es enterarse de un día para otro de que tu padre se va a Afghanistan durante seis meses, estando en plena guerra, después de que dos aviones destruyeran no solo dos torres y mil vidas, pero también nuestros sueños. Quizá hasta me atreva a contaros lo que era no poder escuchar el Himno de la Alegría sin que los ojos se me inundasen con lágrimas. Puede que incluso os cuente lo que fue volver a verle y abrazarle, y tener que pellizcarme para asegurarme que no estaba soñando, que mi padre estaba a salvo en casa. Quizás así podríais entender lo que es la vida militar y sentiros orgullosos de nuestro ejercito, que arriesgan sus vidas para proteger la vuestra. Quizá….

Marta ❤

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